cable submarino

Un cable de fibra de más de 6.000 kilómetros: cómo unir continentes cuando las ondas no son suficientes

“Fue el 17 de mayo, a 2.800 metros de profundidad, cuando vi el cable yacente sobre el fondo”. A bordo del Nautilus del capitán Nemo, en 1868, Julio Verne fantasea con el (imposible) encuentro con una de las maravillas tecnológicas de su tiempo: el primer cable de telégrafo submarino entre América y Europa.

Tras varios intentos, la primera conexión estable entre Terranova e Irlanda se consiguió en 1866. Desde entonces, los océanos han ido llenándose, poco a poco, de cables. Hoy, cuando Internet y el tráfico de datos hace tiempo que han jubilado al telégrafo, existen más de un millón de kilómetros de cable bajo el mar.

Uno de los últimos en conectarse, entre Virginia Beach en Estados Unidos y la playa Sopelana en Vizcaya, es MAREA. Este proyecto de Telxius (una compañía de Telefónica), Facebook y Microsoft mide 6.600 kilómetros, lo que vienen a ser más de 1.300 leguas de viaje submarino. Pero han pasado 150 años de las aventuras de Nemo y el sistema métrico es el nuevo rey. Así se conectan hoy los continentes con autopistas de fibra óptica.

Lo primero: la planificación

Antes de la conexión de MAREA, hacía más de 15 años que ningún cable transatlántico amarraba en las costas españolas. “Es la primera vez que se construye un cable submarino en la ruta del Atlántico medio en casi veinte años”, explica Rafael Arranza, COO de Telxius, la empresa de infraestructuras de Telefónica.

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